El título del post se refiere a la expresión usada por los anglosajones para definir la vuelta a casa después de haber dormido en casa extraña.

Literalmente significa: “Caminata de la vergüenza”.

Normalmente implica haber ingerido grandes cantidades de espirituosos. Así que sí: es habitual que haya algo de retraimiento asociado en la caminata mañanera.

Pero este no es un post muy tímido, que digamos.

Va de cuando te levantas en un piso nunca antes pisado; en una cama -con sábanas maravillosas de 600 hilos- acabada de catar y después de una noche acrobática, alcohólica e insospechada.

Empiezas a recordar: tequila, traje.

Despertador, camisa blanca, y un “Please, feel home” seguido de un “Grrrrr”.

Miras por la ventana y te das cuenta que estás en la otra punta de la ciudad: Wall Street.

Hábitat de trajeados. Donde el poder se mide por el piso en el que pasturas -59 en este caso; el gramaje de la tarjeta de visita y cuantas veces a la semana va la chacha al apartamento.

Y en este páramo me encontraba:

–          12PM y moderadamente resacosa. (Por suerte el chico me había dejado Advil en la mesita –o puede que siempre habitara allí. Bien posible).

–          Sin localizar prenda interior alguna.

–          Ataviada con un vestido transparente muy veraniego y nada diurno. No llevable de día –y mucho menos sin la ropita interior adecuada.

Pero me armé de valor:

Busqué una bolsa donde meter mi vestido en medio de guitarras Fender, tres baterías y varios ordenadores. Descubrí que el baño sólo era más grande que mi propio piso –que hasta ese momento consideraba muy espacioso- y conocí a la chica de la limpieza que aseguró ir muy a menudo aún cuando el piso parecía un campo de minas/ropa de marca.

Y salí del ambiente controlado. Me perdí por los pasillos del inmenso edificio de lujo; saludé al portero con cara de “ambos sabemos que yo no vivo aquí” y salí a la calle más transitada por high-income individuals del mundo.

De golpe me encontré viviendo en una película.

No sé si era la indumentaria: camisa de hombre atada con cinturón y tacones rojos y lilas. O el hecho que uno de cada tres trajes se giraba a mirarme -y uno de cada cuatro me preguntaba la hora. O el alcohol, en fase de evaporación entre mis neuronas. Pero algo dotaba al escenario de un brillo cinematográfico.

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Si alguna vez he creído vivir en la piel de alguien más sexy, más pendón y menos atinado, sería ésta la ocasión.

Al llegar a casa recibí un mensaje: “Hope you arrive home save & sound.”          (Aún hay caballeros -aunque sepan que ya no paseas por su piso porque la “mucama” les ha informado.)

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